Otra forma de vivir
Faltaban cuatro días para que el 2019 dijera adiós.
Habíamos pasado una Navidad muy especial; parte de la familia de mi nuera había venido desde El Salvador: Los padres, la hermana, las tías y una prima...También lo hicieron mi hijo y mi nuera desde Dinamarca.
Y puesto que tenía que ser un reencuentro en una fecha muy especial, todos nos auto-regalamos un viaje en globo. Era la primera vez para todos y fue una experiencia inolvidable.
Además, los nueve teníamos un motivo único y personal lo bastante poderoso e importante para que esta experiencia nos devolviera la fe y el deseo de que el nuevo año fuese mucho mejor.
Tuvimos que madrugar, ya que a las ocho teníamos que estar en el punto de salida.
Cuando llegamos, el hombre encargado de llevarnos ya empezaba a estirarlo y a prepararlo para elevarlo con el gas.
Después de unas breves explicaciones de cómo subir y bajar de la canasta, nos elevamos casi sin darnos cuenta, nuestros coches iban empequeñeciendo a medida que subíamos.
Desde allí arriba, los momentos difíciles se transforman en esperanza y sientes como desaparece cualquier temor, y entonces sabes con certeza que todo va a ser distinto y que nada ni nadie va a cambiar eso.
Con mi cámara colgada al cuello, sin parar de hacer fotos, mientras los campos y pueblos se rendían a nuestros pies... El Empordá se ve precioso desde arriba.
Los observaba...en aquella mañana fría de invierno, todos disfrutaban y desprendían una felicidad contagiosa, mientras los temores iban desapareciendo uno a uno en el aire.
Después de pasar el fin de año aquí, solo quedaron mi hijo y mi nuera.
Me despedí de ellos el 10 de enero, como siempre con un fuerte abrazo por parte de los dos y mi hijo diciéndome al oído:
—¡Te quiero mucho, madre!
En marzo, tuve una visita en el hospital con mi oncóloga. Entré con mascarilla y guantes puesto que ya estábamos en confinamiento...La verdad es que no creía que me visitara ya que muchas consultas médicas se habían anulado, pero no la mía.
La doctora, después de preguntarme cómo me encontraba me dijo:
—He querido que vinieras para darte el alta.
Y el 16 de marzo, justo diez años después, salí de la consulta respirando muy hondo y llenando mi pecho de vida.
Cerré una puerta y abrí otra.
Pensé en la enfermera cuando unos días antes de la operación, me dijo:
—Piensa en el cáncer como si fuera un pasillo y tú caminas por él, y a lo largo de ese pasillo hay puertas a cada lado; un día, tendrás que abrir una de esas puertas y no te gustará lo que hay detrás, pero otro día, abrirás otra y será totalmente diferente, y así, una tras otra, las abrirás todas hasta llegar al final y justo enfrente de ti se hallará la última puerta...La abrirás y la cerrarás tras de ti para no volver a pasar nunca más por ella.
Tal vez un día escriba sobre lo que encuentro detrás de cada puerta, pero ahora no es el momento...Otra vez será.
Sé que este año he vuelto a abrir otra de esas puertas.
Cuando el 16 de marzo de 2010 supe que yo también formaba parte de ese tanto por ciento de mujeres con cáncer de mama, mi reacción fue pensar que era una gripe, y que como tal la debía curar...Me negué rotundamente a mantener en mi mente cualquier pensamiento negativo que me recordase que no era una gripe lo que yo tenía, sino un cáncer y de los más agresivos.
No me equivocaba, al pensar que este sería un año de cambios, aunque la vida no deja de ponernos a prueba constantemente.
Yo, que había aceptado al cáncer como una gripe... Ahora tengo que cuidarme para evitar el contagio por Coronavirus —Covid-19— una nueva amenaza que se desplaza por todo el mundo y con síntomas similares al de la gripe... ¡Mira por dónde!
Pero no sé por qué razón, esta vez tampoco tengo miedo...¿Debería tenerlo?.
Recuerdo como si fuera hoy lo que el doctor me dijo.
—Lo siento...Siento ser yo quién te de la mala noticia, pero se han encontrado células madre.
—¿Cáncer?—le pregunté.
—Sí, pero todo irá bien...Ya lo verás, lo vamos a quitar.
En ese momento, una gran ventana se abrió frente a mí, y una luz brillante como jamás había visto entró por ella.
Respiré muy hondo y mirando al doctor le dije:
—Lo sé.
Al llegar a casa, Juan se marchó a caminar para asumir lo que nos esperaba...Yo me quedé en casa pensando en cómo levantar aquella enorme losa que me había caído encima.
Me había tocado a mí y de nada sirve decir "¡Esto no lo quiero!"
Porque por mucho que se repita, no se va a ir y solo queda una opción...Aceptarlo, para seguir viviendo.
Tenía que hacer algo y lo primero que hice fue poner música y empecé a bailar por todo el comedor.
Me sentía extraña, a medida que bailaba, notaba como me envolvía una paz inmensa y al mismo tiempo iban desapareciendo todos mis miedos...Me sentía libre ¡por primera vez era libre! Y seguí bailando, y bailando...Y cuanto más bailaba mejor me sentía, sin parar de decir:
—¡No vas a poder conmigo, no, no vas a poder conmigo, porque no te voy a dejar!
En ese momento, supe que se me estaba concediendo una segunda oportunidad y que para conseguirlo, tendría que buscar otra forma de vivir.
¿Será esta otra de las puertas que me ha tocado abrir?.
Sé que este año abrí una de esas puertas el 16 de marzo.
Es una situación extraña, esto lo había visto en películas y hoy es una amenaza real.
A medida que pasan los días, son cada vez más los especialistas que aseguran que este virus ha venido para quedarse igual que la gripe u otros virus que ya conviven entre nosotros y que hemos tenido que asumir y aceptar.
Al principio, seguía con mucha atención toda clase de información que llegaba a través de los medios de comunicación y las redes sociales.
Poco a poco dejé de hacerlo...Ya no sé qué pensar, ni qué creer. Lo que entonces era creíble, hoy ya no lo es. Los datos que dan sobre las personas contagiadas y muertas no son fiables, no a todas los enfermos se les podía hacer las pruebas para saber si se habían contagiado.
Se ha creado un estado de alarma social y sanitaria sin precedentes en todo el mundo.
Algunas personas están muy asustadas, tanto que no dejan que nadie se les acerque, tienen miedo a salir a la calle y no permiten que nadie entre en sus casas.
Cuando llega ese momento en el que somos señalados y de alguna forma se nos dice:
—Te ha tocado.
Tenemos todo el derecho a enfadarnos, a asustarnos y a pensar que es injusto.
No debemos tener miedo, pero sí podemos mantener respeto a todo lo desconocido...No se debe bajar la guardia pero sí, sí es posible vivir sin miedo, porque el miedo paraliza nuestros sentidos, nuestro espíritu de lucha y la voluntad para seguir viviendo.
Este virus comenzó a propagarse por China a últimos de diciembre y lo hizo de forma rápida; en pocos días ya se había extendido a Italia y de allí a otros países de Europa y al resto del mundo, convirtiéndose en pandemia y llevándose la vida de cientos de miles de personas y dejado a su paso millones de contagiados.
Aunque es cierto que ningún gobierno estaba preparado para esto, pero también es cierto que algunos reaccionaron tarde, mientras que otros (sin saber a ciencia cierta de que se trataba ) cerraron sus países como única medida de prevención y protección.
Aquí el 14 de marzo el gobierno declaró el estado de alarma y ordenó el confinamiento de todo el país, aunque algunos ayuntamientos ya habían aplicado medidas por su cuenta.
Se cerraron todos los comercios que no fueran estrictamente necesarios excepto los de primera necesidad; alimentos, farmacias, ópticas, ortopédicos, prensa, estancos, combustibles, productos tecnológicos, comercio por internet.
Algunos restaurantes podían trabajar y llevar los pedidos a los domicilios que lo solicitasen.
A todos los que no trabajamos en ningún sector de estos nos tocó quedarnos en casa y los que podían trabajar desde casa así lo hicieron (ventajas de la tecnología).
Solo se permitía salir para ir a comprar lo básico y por precaución se obligó a ir con guantes y mascarilla y a mantener una distancia de 1,5m.
A las pocas semanas, dejaron de ser obligatorios los guantes; al parecer con los guantes hay más riesgo de contagio.
Este nuevo virus cogió al gobierno por sorpresa...No había suministro suficiente de mascarillas, guantes, ropa especial ni para el personal médico y sanitario; faltaban máquinas de oxígeno y equipamiento necesario para ayudar a los enfermos, en vista de tanta decadencia y ante la imposibilidad de seguir con sus trabajos algunas empresas privadas como la de fabricación de coches crearon máquinas de oxígeno en 3D.
Fue lamentable, porque además de equipamiento faltaba lo principal: personal médico y sanitario en todos los hospitales.
Los recortes en sanidad estaban pasando factura.
No se podía conseguir ni guantes, ni mascarillas, ni siquiera alcohol por ninguna parte.
Cuando llegaron las mascarillas que el gobierno había comprado, ya se habían repartido ciento de mascarillas solidarias hechas de tela por diferentes grupos y entidades.
A los centros médicos u hospitales sólo se podía acudir en caso de urgencia y alguna cita médica que no había sido anulada (por desgracia fueron anuladas la mayoría).
Casi todas las actuaciones se basan en protocolos. Pero resulta que las enfermedades no entienden de protocolos...No deciden parar cuando aparece un estado de alarma de tal dimensión como es este, las enfermedades siguen avanzando, porque al menos que no se las detecte y se diagnostican con analíticas o pruebas, no paran y también pueden ser mortales.
Además, no se permitía ir más de dos personas juntas por la calle, ni tampoco ir a hacer la compra...Solamente uno por familia, así que cuando salía para hacer la compra, también iba a casa de mis padres y les hacía la suya. Procuraba no pasar mucho tiempo con ellos, ya que yo era la que solía salir más y de esta forma evitaba correr riesgos.
Mi padre hacía un mes que decidió quedarse en casa; las autoridades locales ya habían aconsejado unas ciertas medidas que aquí ya se respetaban.
No quedaba otra, se debía asumir y quedarse en casa tal y como se pedía.
Comunicaron que de momento serían quince días, pero no se sabía de cierto, así que pensé en aprovechar aquel “descanso” que hacía tiempo necesitaba.
Decidí hacer limpieza general (como muchos) pero de forma tranquila...Sin prisas, ni agobios; se trataba de relajarme y de hacer todo lo que normalmente no podía por el exceso de trabajo fuera de casa.
Cada día limpiaba una parte de la casa...Como ya he dicho, con toda tranquilidad y respetando unos horarios que me había impuesto. Era necesario repartir bien las horas y que quedase tiempo para leer o ver alguna que otra película...El escribir, lo haría cuando ya tuviese toda la casa limpia.
Aunque a mi trabajo de mañana no podía asistir, sí podía hacerlo en el trabajo de tarde; soy conserje en una comunidad de vecinos y me cuido del mantenimiento del jardín, piscina y escaleras.
Es una comunidad pequeña y la mayoría de pisos son de segundas residencias; mi trabajo es solo de dos horas, así que me acercaba y me aseguraba de que todo estuviera bien...Solo viven durante todo el año en tres pisos...Uno por cada escalera.
Para mí, era un respiro tener un motivo para salir aunque fuera solo un momento.
L´Escala es un pueblo marinero situado en la costa Catalana en la provincia de Girona a pocos kilómetros del Cabo de Creus y la frontera con Francia.
Durante el invierno es algo más tranquilo, solo los fines de semana suele haber más afluencia de gente . Es en verano cuando prácticamente se triplica la población , al ser turístico recibe una gran cantidad de turistas e incrementa su actividad.
Al principio cuando salía, pensaba: "qué bien, qué paz y tranquilidad hay por las calles", pero a medida que pasaban los días me invadía una profunda tristeza al ver las calles completamente vacías, solo me cruzaba con una o dos personas; en las plazas y los parques no había nadie, ya no se escuchaba los gritos, ni las voces, ni las risas de los niños jugando; ya no tenía que parar en el paso de cebra para dejar cruzar a los estudiantes que salían del instituto, ni dejar pasar a los que volvían al colegio a las tres de la tarde...Ya no había saturación de coches con padres delante de la plaza que se paraban a recoger a sus hijos, ni tampoco había personas mayores reunidas como cada mañana sentadas en los bancos que hay frente al kiosco de la Once ( mi padre uno de ellos) .
Las tiendas, los bares ...Todo lo prescindible estaba cerrado.
Durante el confinamiento, también este pueblo activo de más de 10.000 habitantes se paralizó totalmente.
Siempre he preferido la tranquilidad al bullicio y a las aglomeraciones de las grandes ciudades pero ver a este pueblo con su vida apagada produce muchísima tristeza.
Lo tomé tal vez con demasiada calma..Me relajé demasiado y quince días más tarde, justo después de Semana Santa, tuvimos que volver al trabajo, así que ya no tuve tiempo de ponerme a escribir...Volvíamos a la rutina de siempre.
Pero sí pude comprobar que esas dos semanas prácticamente encerrada en casa me ayudó a recuperar el equilibrio y a deshacerme de mucho estrés acumulado; también a darme cuenta de que cuando llegue mi jubilación, no tendré tiempo para aburrirme y que podré disfrutar de todo lo que me gusta hacer: Caminar, leer, escribir...Podré disfrutar plenamente de la vida.
El 11 de mayo fue el cumpleaños de mi padre...Llegar a los 90 es todo un logro y más después de haber sobrevivido a una guerra civil.
Sin duda, estas personas que han visto el horror de las muertes sin sentido están cubiertas de una coraza y son capaces de enfrentarse a todo.
Mi padre ha sido capaz de no salir de casa durante tres meses y permanecer tranquilo, asumiendo lo que le ha tocado vivir esta vez...Se le había prohibido ir como cada mañana a la plaza del colegio “La plaza del congreso” para él y sus amigos y reunirse para hablar de política.
Tampoco podía seguir el fútbol por la televisión o la radio ( su inseparable compañera desde que perdió algo de vista), ni acercarse a la administración de lotería donde cada semana compra su décimo, ni tampoco le podían dar los boletos no premiados y que sigue coleccionando durante años y así pasa gran parte de su tiempo; tampoco pudo ir como cada año en abril a su pueblo natal en Andalucía para celebrar la fiesta de San Marcos; y a pesar de todas las prohibiciones se le notaba tranquilo, asumiendo sin ninguna queja lo que esta vez le ha tocado vivir.
Este año tenía que ser un cumpleaños especial...Vendrían mi hijo y nuera desde Dinamarca, mi sobrino desde Londres y mi hermano y cuñada desde Girona. Pero no pudo ser...Aun así , tenía que ser un cumpleaños inolvidable.
Nos pusimos de acuerdo entre todos y como yo era la única que podía ir a verlos, le dije que íbamos a hablar con mi hijo ( como cada año) a través de una videollamada.
Se llevó la sorpresa cuando en la pantalla vio que estaban todos...No se lo esperaba, así que estuvieron presentes gracias a la tecnología, pero la tarta nos la comimos entre los tres...mi padre, mi madre y yo.
Cuando ya se empezó a conceder permiso durante unas horas determinadas, me preguntó:
—¿Y al congreso puedo ir?
—No papá, aún no, porque no se pueden reunir grupos de personas, pero sí puedes salir a caminar durante unas horas.
—Pues entonces no salgo...Si no puedo ir a reunirme, me quedo en casa—dijo algo decepcionado.
Al principio predominaba una calma general; se acepta con resignación todas aquellas prohibiciones que se nos habían impuesto y porque esas medidas tan extremas se aplicaban por un bien común.
Tal vez, la humanidad en sí necesitaba parar y reiniciar...Por decirlo de alguna forma y como se suele decir ahora un “Reset”.
Nuestra Madre Tierra, necesita de vez en cuando estar a solas para reencontrarse así misma y una vez más decir "¡Basta a las guerras sin sentido! ¡Basta a la discriminación racial! ¡Basta a la destrucción y contaminación del medio ambiente! ¡Basta a la hambruna y a la pobreza de los más débiles!...¡Basta, basta, basta!
Y todo este “ basta” parece entenderse mientras permanecemos encerrados en nuestras casas.
Digo parece, porque durante esos días la solidaridad se hizo más latente; algunos se ofrecían para ayudar a otras personas mayores que no podían salir de sus casas, les hacían la compra o la comida y se la dejaban delante de la puerta o vecinos que se ayudaban entre ellos porque se habían quedado sin trabajo y tenían dificultad para sobrevivir.
Aquí también como en muchos pueblos y ciudades cada día y a las ocho de la noche salían a los balcones o ventanas a aplaudir en solidaridad con todo el personal sanitario.
Ahora que ya se ha levantado parte del castigo y volvemos a salir a la calle para movernos con una cierta libertad, parece ser que ya se ha olvidado de que este virus no distingue de razas, sexo o nivel social.
Las pateras con nuevos náufragos vuelven a ser abandonados por algunos gobiernos que les niegan el auxilio y la entrada a sus países.
Ayer, un campo de refugiados fue incendiado y apedreado por fascistas en Grecia.
El racismo, la xenofobia y los ataques homófobos siguen estando latentes en las calles, igual que los actos incívicos...Y vuelve a haber (ya no solo por las calles) latas, botellas, plásticos o papeles de toda clase. Ahora también se pueden encontrar además de todo esto guantes y mascarillas por todas partes, incluso por la montaña y el mar.
Está claro que por mucho que nuestra Madre Tierra se enfade y grite "¡Basta!" el ser humano es el que peor la trata.
Es cierto que no se puede generalizar...No todas las personas actúan de la misma forma (afortunadamente).
Vivimos en una sociedad donde el consumo es prioritario y donde lo material predomina a lo sentimental.
Se suele aprovechar el tiempo de ocio para hacer lo que más gusta, pero en muchas ocasiones no se le da demasiada importancia.
Salir a disfrutar de todo lo que ofrece la naturaleza, sentirse afortunado o afortunada de ver cada mañana el despuntar del alba, ir en bicicleta o caminar por la montaña y respirar el aire limpio, o el característico e inconfundible olor que tantas veces nos ofrece la brisa del mar, es el regalo más hermoso y valioso que nos ofrece nuestra Madre Tierra.
Y suele suceder que si se prohíbe, es cuando se reacciona y es entonces cuando nos damos cuenta del valor que tiene para nuestra vida...siempre se aprecia más todo aquello que se ha estado apunto de perder, o que se pierde en su totalidad.
Cuando iba en el coche camino del hospital para ser operada al día siguiente, admiraba a través de la ventanilla los campos verdes, y el Canigó al fondo con su pico nevado (aún conservaba nieve desde el 8 de marzo, la gran nevada que nos dejó sin luz casi una semana ) pensé en que tal vez nunca más lo volvería a ver (antes nunca me había fijado tanto).
El 23 de abril de 2010 cuando desperté en la camilla del quirófano, recordé los campos y la montaña, y agradecí poderlos ver de nuevo.
Así que cuando el domingo 3 de mayo Día de la Madre se nos permitió hacer deporte desde las 6 a las 10 de la mañana, cogí la bici y fui a hacer fotografías y a disfrutar del amanecer tal y como suelo hacer algunos días desde hace 10 años.
Nunca había coincidido con tantas personas disfrutando de la naturaleza como ese día.
Desde entonces, suelo encontrar a más personas paseando o haciendo deporte y cada vez más fotografiando y admirando esos amaneceres impresionantes que nos regala día tras día la naturaleza.
La música también ayudó mucho y diversos cantantes y músicos actuaban a través de las redes sociales, o salían a los balcones para animar y ayudar a llevar mejor el confinamiento.
Mi hijo ( también DJ) decidió hacerlo un sábado y desde su casa en Vejle ofreció una sesión de disco...Fue como tenerlo aquí, bailé y disfruté de la noche como si me hubiera ido a la disco. La diferencia es que esta vez me encontraba encerrada en casa y en pijama, pero eso sí, bailando y disfrutando al máximo.
Una vez más la música hizo desaparecer las penas.
Hay que reconocer que nadie estaba preparado para esto y que algunas de las medidas que se tomaron al principio ahora ya no son obligatorias...menos mal, porque me resultaban bastante absurdas; una de ellas era que no podían ir juntas en el mismo coche dos personas aunque vivieran en la misma casa, luego lo cambiaron a que sí podía si una se sentaba detrás; y como esta fueron unas cuantas.
Estamos ya a finales de agosto, los contagios se han incrementado. Según los medios de comunicación hay muchísimos, aquí por lo que he comprobado (aunque hay alguno) estamos bastante tranquilos.
Se tomaron medidas, como limitar el número de personas en las playas y calas; hay algunas que son pequeñas, pero preciosas y se ha limitado el acceso a ellas.
Se tiene que mantener la distancia, pero muchas personas lo aceptan y esperan a que haya un sitio libre.
Este año ha venido poco turismo, aun así, al tener una segunda residencia, han optado por pasar sus vacaciones aquí.
Muchos son jubilados y cuando se levantó el confinamiento vinieron aquí, porque dicen que se está mejor que en Barcelona...pueden salir con más libertad y no hay aglomeraciones como en las grandes ciudades, por esta razón se sienten más seguros.
Ahora solo cabe esperar a que no se vuelva a pasar por otro confinamiento ya que muchísima gente ha tenido que cerrar sus negocios.
Es evidente que tenemos que cambiar los hábitos y ciertas costumbres, pero no es imposible vivir, solo hay que adaptarse a una nueva forma de vida.
De todas las medidas que se han adoptado para evitar el contagio, la más inhumana es la de no poder dar abrazos ni besos .
¿Seguro que no se puede sentir la fuerza y el amor que transmite un abrazo? ¿Precisamente ahora cuando más se necesita? ¿Cómo es posible que se prohíba eso? Cuando es el hecho de recibir un abrazo lo que reconforta y llena de esperanza y de fe cuando el ánimo y el espíritu se debilita.
Esta mañana Facebook me recordó una foto de hace cuatro años que hice a mi hijo y a mi nuera un día como hoy cuando vinieron por primera vez de vacaciones. Este año no podré abrazarlos, ni escuchar a mi hijo como me dice al oído:
—¡Te quiero mucho madre!
Este virus se ha llevado la vida de miles de personas...Por desgracia, también de conocidos, y ha dejado a su paso muchísimo dolor, un dolor que a nivel psicológico es posible que no se supere jamás...
¿Cómo se puede superar la pérdida de un ser querido al que no se le pudo despedir? no se le pudo acompañar en sus últimos momentos y no se le pudo dar un último abrazo ni decir adiós.
Hace pocos días, una mujer completamente destrozada por la pérdida de su marido al principio de la pandemia y con lágrimas en los ojos me dijo:
—El dolor que me oprime el pecho es por no haber podido estar a su lado en el momento de su muerte, no pude despedirme de él...No pude darle un último abrazo después de haber pasado juntos más de cuarenta años.
Mientras la escuchaba, sentía como se me rompía el alma...conocí a su marido y me costaba creer que ya no le volvería a ver sentado al borde de la piscina tal y como lo había visto cada verano durante dieciocho años.
Me acerqué hacia ella y las dos nos dimos un fuerte abrazo.
Siguió diciéndome:
—Ha sido muy duro, no he empezado a asumir que ya no está hasta que no me entregaron sus cenizas después de cuatro meses y ahora tengo que seguir viviendo, aunque mi voluntad se niega a hacerlo.
Me ha tocado a mí y ya no puedo hacer nada, tengo que aceptar que ya no volverá y para conseguirlo sé que tengo que aprender a vivir de otra forma.
Retrocedí diez años y asentí con la cabeza...eran las mismas palabras, el mismo sentimiento, la misma forma de enfrentarse al dolor para recuperar la vida.
Este virus ha castigado a millones de personas, llevándose la vida de sus seres queridos y dejando a su paso inseguridad, confusión y mucho miedo.
Cada cierto tiempo la vida nos pone a prueba y decide alejarse de nuestro lado por un tiempo, tal vez porque también necesita estar a solas para reencontrarse consigo misma, o quizás porque quiere ponernos a prueba y comprobar si somos lo bastante fuertes para asumirlo, para enfrentarnos a los desafíos y saber salir airosos dando un cambio a nuestra vida; si somos capaces de encontrar el equilibrio, si somos capaces de cambiar el odio por amor, el orgullo por humildad, la ingratitud por la gratitud, la envidia por caridad, la crueldad o el desprecio por compasión...Si somos capaces de dar un giro a esta vida y vivir tal y como ella quiere que lo hagamos.
Por esa razón cuando regresa, es aún más hermosa; nos abraza muy fuerte y seca nuestras lágrimas mientras nos susurra al oído:
—No tengas miedo...Existe otra forma de vivir.


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