Mi cuerpo palideció
al ver sus ojos de odio.
Como cuchillas de acero los sentí sobre mí,
clavándose hasta lo más hondo.
Ni una palabra.
Todo en silencio.
Solo odio y resentimiento me dejó.
¡Dios mío, qué vacío por dentro!
Como un guiñapo sucio y roto me siento.
¡Nada!
Clavado quedó en mí su recuerdo:
Solo soy un trapo viejo.
La esperanza desapareció en un instante, y la desilusión ocupó su lugar.
11 de abril de 1987



